sábado, 9 de enero de 2010

De ti sólo habrá un charco rojo en la arena

Estas navidades que acaban de pasar me fui a casa de mis padres como cada año. Justo antes de mi marcha oí la noticia de que el parlamento catalán estaba en trámites de promulgar una ley que prohibiera la fiesta taurina en Cataluña. Al volver no sabía cómo había quedado la cosa, pero hoy he visto los periódicos y estaban hablando de esta noticia. Por lo visto finalmente la prohibición sigue su curso y está tirando para adelante. En la sección de opinión se podían leer comentarios de los lectores para todos los gustos: Los hay que están a favor, los hay que están en contra, los hay neutrales, los que ven el hecho de prohibir como un acto dictatorial del gobierno catalán, los que lo ven como un acto progresista ante la barbarie que se comete, etc, etc.

Personalmente me crea cierta duda el hecho de opinar sobre esta noticia. Por un lado es bien cierto que están acotando las libertades personales del que quiera ir a los toros (¡el que no quiera que no vaya!) pero también es verdad que donde empieza la libertad de ese aficionado termina la de los que tienen que aguantarse, impasibles, que sea maltratado cruelmente hasta la muerte un toro tras otro. Algunas personas dicen que los toros se torean porque sólo sirven para eso, pero yo pregunto ¿para qué sirve un león? ¿y una jirafa? sin embargo los conservamos en los zoológicos, no los mandamos a morir en un ruedo de albero.

Es como el hecho de fumar. Se está prohibiendo cada vez en más sitios, y los fumadores se quejan de que les coartan su libertad de fumar, pero ellos a su vez también coartan la libertad de los no fumadores de respirar aire sin humo, ¿no? En definitiva vivimos en un mundo en el que el acto de prohibir está a la orden del día, y esa es la historia que nos toca. Por mi parte diré que estoy de acuerdo en que prohíban los toros, pues el toreo no es más que un absurdo juego de matar animales inocentes que hace que la cultura de nuestro país se quede anclada en el barbarismo de tiempos pasados. Una letra hablaba bien de estos sentimientos. Es una comparsa de Cádiz, ganadora del primer premio de 1994:

Acércate torito, que ya es la hora.
No me mires a los ojos, que no me das pena.
Que me importa tu sangre
si la gente arde por verte rendío,
olvídate del arte, yo vengo a matarte
con garbo y tronío,
que está la plaza llena, llena.
No lo pienses torito, que dentro de poco
de ti sólo habrá un charco rojo en la arena.
Acércate, valiente,
que viene ya el castigo de las banderillas,
detrás te está esperando
ese pullazo pa que te enteres
que yo no soy tu amigo, soy tu asesino
y así es la vida.
Y frente a frente
embísteme si puedes, demuestre tu valor.
Ay, maldita sea la gente
que quiere tu muerte, torito negro,
cuántos monosabios viven en mi pueblo,
¡malditos seáis cien veces!
A to el que quiera la muerte de un toro
lo llevaría al centro del ruedo
a hacerle perrerías
y allí con un descabello
le diría ¿qué sientes?
¡dime qué sientes!
Antonio Martínez Ares
La ventolera
Por favor, dejemos a los toros en paz, que corran libres por los campos como cualquier otro animal, y si su destino es extinguirse al menos desaparecerán con dignidad, y no derrumbados sobre su propia sangre.
Hasta mañana.

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